Los suburbios de la clase obrera son extraños y hermosos.

 

La gente que vive en ellos es extraña y hermosa. Los suburbios de la clase obrera son hermosos y extraños como ciudades de otros planetas. Como ciudades alienígenas de ciudades y torres. Sus colores son luminosos y agradables. Los suburbios de la clase obrera parecen construcciones de culturas alienígenas tal como eran antes de que los eones las destruyeran y sus culturas se extinguieran por completo y el polvo y las tormentas sepultaran sus ruinas. Los suburbios de la clase obrera no se parecen a nada de este planeta. Sus avenidas son amplias y espaciosas y soleadas. Sus parques públicos son estallidos de vida. Sus pasos subterráneos son entradas a minas fabulosas. Sus edificios son monolitos orgullosos. Son torres del homenaje. Son monumentos a la grandeza de la raza que los construyó. Y los inmensos complejos de torres de apartamentos de protección oficial. Torres como monolitos. Torres como observatorios celestes. Nunca la humanidad creó monumentos como los parques de protección oficial. Sus torres se yerguen con orgullo. Desafiando a los elementos. Desafiando al viento y a la lluvia. Sus miles de ventanas idénticas resplandecen como soles. Los suburbios de la clase obrera resplandecen como soles. Los suburbios de la clase obrera son luminosos y blancos y le hacen a uno caminar cubriéndose los ojos con la mano. Guiñando los ojos y bajando la cabeza igual que uno guiña los ojos y baja la cabeza ante un dios. Algunos edificios están rematados por rótulos luminosos y otros no. Parques de apartamentos que parecen circuitos de microchips a escala planetaria. Parques de apartamentos que son como maquetas colosales de parques de apartamentos. Las franquicias son los templos de los suburbios de la clase obrera. Cada franquicia pertenece a un dios. Los habitantes de los suburbios de la clase obrera salen de ellas con los rostros resplandecientes de felicidad. Cuando la Tierra sea un desierto helado y la humanidad se haya extinguido y probablemente se hayan extinguido también las especies que la sucederán, los suburbios de la clase obrera seguirán en pie. Cubiertos del polvo de las tormentas cósmicas. Con extraños nidos de especies futuras en lo alto de sus torres. Con agujeros en las paredes y cráteres allí donde hayan impactado los meteoritos. Los suburbios de la clase obrera son el final de todo. Son el apogeo de la humanidad y son su tumba. Son el mausoleo de la especie”.

Javier Calvo, Los ríos perdidos de Londres, Ed. Mondadori, Barcelona, 2005.